El Testamento de un excéntrico
El Testamento de un excéntrico WILLIAM J. HYPPERBONE
El hecho de que los señores James T. Davidson, Gordon S. Allen, Harry B. Andrews, John I. Dickinson, Georges B. Higginbotham y Thomas R. Carlisle hayan sido citados entre los personajes que iban tras la carroza fúnebre, no hay que deducir que fuesen los miembros más conocidos del Excentric Club.
En realidad, lo que de más excéntrico había en su manera de vivir en este mundo, era pertenecer al citado club de Mohawk Street.
Tal vez estos hijos de Jonatán, enriquecidos en los múltiples y fructíferos negocios de terrenos, salazones, petróleo, ferrocarriles, minas, cría de ganado y tala de bosques, habían abrigado el propósito de separar a sus compatriotas de los cincuenta Estados de la Unión, y ello por extravagancias ultraamericanas. Pero su vida pública y privada nada ofrecía que pudiera llamar la atención de la gente. Los mayores contribuyentes, de gran fortuna, eran irnos cincuenta; sin relaciones continuas con la sociedad de Chicago, muy asiduos a sus salones de lectura y de juego, para leer en los primeros gran número de periódicos y revistas, y para jugar en los segundos. A menudo, comentando hechos de su vida, de lo que habían hecho en el pasado o de lo que hacían en el presente, exclamaban:
—En verdad no puede llamársenos excéntricos.
