El Testamento de un excéntrico

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CAPÍTULO VIII

EL GOLPE DEL REVERENDO HUNTER

Si alguno parecía menos indicado que nadie para la casilla 47, Estado de Pennsylvania, para Filadelfia, la principal ciudad del Estado, la más importante de la Unión después de Chicago y Nueva York, era seguramente aquel Tom Crabbe, bruto por naturaleza y boxeador por oficio. Pero la fortuna es ciega, y en vez de Max Real, de Harris T. Kymbale o de Lissy Wag, tan capaces para admirar las magnificencias de aquella ciudad, enviaba a ella al estúpido boxeador, acompañado de John Milner. Jamás hubiera podido prever esto el difunto miembro del «Excentric Club».

Además, nada se podía contra ello. En la mañana del día 31 de mayo los dados habían hablado. Los doce tantos, por seis y seis, habían sido transmitidos desde Chicago a Cincinnati, y el jugador número 2 había tomado sus medidas para abandonar inmediatamente a la antigua Porcópolis.

—¡Sí, Porcópolis! —dijo John Milner, al partir, con acento despectivo—. ¡El mismo día en que el célebre Tom Crabbe la honraba con su presencia, la población se ha lanzado a ese estúpido concurso de bestias! ¡Un cerdo ha atraído la pública atención, y no se ha lanzado un hurra en honor del campeón del Nuevo Mundo…! ¡Ah! Embolsémonos la gran fortuna de Hypperbone, y yo sabré vengarme de esta afrenta…


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