El Testamento de un excéntrico

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CAPÍTULO XV

ÚLTIMA EXCENTRICIDAD

No es fácil imaginarse la rapidez con que se extendió la noticia. Si en cada casa de Chicago hubiera habido un teléfono en comunicación con un aparato instalado en la del guardián de Oakswoods, los habitantes de la metrópoli de Illinois no hubieran recibido dicha noticia más pronto y simultáneamente.

En algunos minutos fue invadido por la población de los barrios cercanos. Después afluyeron multitudes de todas partes. Media hora más tarde la circulación estaba interrumpida por completo desde Washington Park. El gobernador del Estado, John Hamilton, prevenido a toda prisa, envió nutridos batallones militares, que no sin trabajo penetraron en el cementerio e hicieron salir de él a gran número de curiosos, de manera que el acceso quedase libre.

Y la campana sonaba continuamente en el campanario del soberbio monumento de William J. Hypperbone.

Como es natural, Georges B. Higginbotham, presidente del «Excentric Club», sus compañeros y el notario Tombrock fueron los primeros en llegar al cementerio. Pero ¿cómo habían podido adelantarse a aquella inmensa y tumultuosa multitud a no estar prevenidos de antemano? En fin, lo cierto era que allí estaban desde que empezó a tocar la campana.


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