El Testamento de un excéntrico
El Testamento de un excéntrico EL TESTAMENTO
Aquel dĂa, desde el amanecer, el Barrio Diecinueve fue invadido por la multitud. El afĂĄn del pĂșblico no parecĂa menor que cuando el interminable cortejo conducĂa a William J. Hypperbone a su Ășltima morada.
Los mil trescientos trenes diarios de Chicago habĂan, desde la vĂspera, vertido millares de viajeros en la ciudad. El tiempo prometĂa ser esplĂ©ndido. Una suave brisa matinal habĂa barrido el cielo de los vapores nocturnos. El sol se remontaba sobre el lejano horizonte del lago Michigan, cuyo ligero oleaje acariciaba el litoral.
Por Michigan Avenue y Congress Street llegaba la multitud, que se dirigĂa a un enorme edificio que en uno de sus ĂĄngulos tenĂa una maciza torre cuadrada de trescientos pies de altura.
La lista de los hoteles de la ciudad es larga. El viajero no tiene mås que la preocupación de elegir. A veinticinco centavos la milla, los cabriolés le llevarån adonde desee, sin verse expuesto a no encontrar sitio. Tendrå una habitación a la europea por dos o tres dólares diarios, y a la americana por cuatro o cinco.
