El tio Robinson

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En esa segunda semana, algunas excursiones permitieron hacer un reconocimiento, pero en un radio bastante restringido, de la región circundante. Como Flip no quería dejar sola de noche a la señora Clifton, expuesta a los ataques de animales salvajes, se sentía obligado a regresar todas las noches al campamento. Por lo tanto, no había podido concentrarse en ese tema tan importante de saber si la tierra que servía de refugio a la familia abandonada era un continente o una isla.

Los utensilios de la colonia, bajo la mano del ingenioso marino, ayudado muy diestramente por Marc y Robert, poco a poco se perfeccionaban. Los recipientes de bambú no faltaban, y se podían fabricar fácilmente de todos los tamaños. Un árbol, que Marc descubrió sobre la costa septentrional del lago, procuró un surtido de botellas ya hechas. Este árbol pertenecía a la especie de las calabaceras, muy común en la zona intertropical de los dos continentes, pero rara en los climas templados.

—Esto permitiría pensar —observó el muchacho— que esta costa está en una latitud más baja de lo que habíamos supuesto.

—En efecto —respondió Flip—. La presencia de cocoteros tendería a confirmar esa opinión.

—¿Pero usted no conocía la posición del Vankouver en el momento en que esos canallas nos abandonaron en el océano?


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