El tio Robinson

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Durante esa semana el marino incrementó considerablemente sus provisiones de combustible. Ese fuego que había que mantener incesantemente era su preocupación más grave. ¡Una obligación esclavizante la de vigilar todo el tiempo el fuego encendido! Flip, la señora Clifton y sus hijos no podían alejarse todos juntos de la gruta. La imposibilidad de hacer una gran excursión al interior era un hecho. El mero pensamiento de encontrar alguna vez el fuego apagado lo hacía estremecer, y eso que él no era alguien fácil de conmover. ¡Todavía se acordaba del terror que sintió cuando encendió su último fósforo! Flip no había encontrado aún la sustancia vegetal que pudiera servir de yesca y no sabía obtener fuego mediante la frotación de dos pedazos de madera, el método seguido por los salvajes; por lo tanto, era necesario vigilar incesantemente el hogar de la gruta. Por exceso de precaución, el marino tuvo incluso la idea de prender fuegos suplementarios por la noche: unas antorchas que hizo con una madera resinosa y que, clavadas en el suelo a pocos metros del pie del acantilado, ardían durante varias horas.






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