El tio Robinson

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—¡Buen viaje, tortuga! —gritó Flip con un tono a la vez compasivo y gracioso—. ¡Puedes estar orgullosa de ser un reptil con suerte!

Marc y el marino continuaron su camino, interrumpido por ese encuentro. Llegaron pronto al lugar señalado por el muchacho. Era una serie de rocas chatas, muy divididas y cubiertas de ostras. Flip comprobó que la cosecha de esos moluscos se hacía sin dificultades. El banco era inmenso, las ostras se contaban por miles. Eran de tamaño mediano, pero excelentes, según pudieron verificarlo Flip y Marc al probar algunas cuyas valvas estaban entreabiertas; no tenían nada que envidiar a las ostras de Cancale, una de las mejores variedades comestibles. En cuanto a la explotación de ese banco, nada era más fácil.

—Con el bote —dijo Flip—, cuando el mar esté calmo y con viento de tierra, yo me encargo de contornear los arrecifes de la costa y de venir a fondear a un solo cable[35] de este banco. Cargaremos la embarcación con estos excelentes moluscos y los transportaremos al pie del acantilado. Estarán allí a nuestra disposición y le sacaremos buen provecho.

Ese día Marc y Flip juntaron unas docenas que querían llevar al campamento. La cosecha fue rápida y tres cuartos de hora más tarde los dos entraban en la gruta.


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