El tio Robinson
El tio Robinson —¡Ah! ¡Si fuera nuestro Fido! —dijo la pequeña Belle. Unos instantes después, Robert, como si le respondiera, dijo—: ¡Pero si es Fido! ¡Lo reconozco, mamá! ¡Es Fido! —¡Fido!— exclamó la señora Clifton.
—¡SÃ, mamá! —repetÃa el muchacho—. ¡Fido! ¡Ese perro valiente! Pero ¿por qué está allà con Flip? ¿Fido? ¡Fido! ¡Fido! —continuó gritando.
Un ladrido llegó hasta ellos.
—¡Me reconoce! ¡Me reconoce! —repetÃa Robert—. ¡Fido! ¡Fido!
En ese momento la embarcación entraba en el estrecho canal entre el islote y la costa. El reflujo la arrastraba con extrema velocidad y no tardó en llegar hasta el extremo del acantilado; un golpe de timón por suerte la hizo doblar.
Entonces, el perro se arrojó al mar y nadó hacia el grupo, cortando oblicuamente el oleaje que amenazaba con arrastrarlo. ¡Pronto llegó hasta la playa y se puso a correr frente a los niños, que le devolvieron con caricias su algarabÃa!
Mientras tanto, Marc habÃa corrido hacia el bote. La señora Clifton, pálida como una muerta, lo seguÃa.