El tio Robinson
El tio Robinson En ese punto, Flip siguió hablando. Les contó a los señores Clifton que era francés de nacimiento, picardo de Marquenterre, pero honrosamente norteamericanizado. Había recorrido el mundo entero, por tierra y por mar. Había visto todo, por eso nada podía sorprenderlo. Por otro lado, en cuestión de accidentes o aventuras, le había pasado todo lo que puede pasarle a una criatura humana. Si, alguna vez, por lo tanto, alguien quería formar «el partido de los perdedores» ¡era mejor que no contara con él!
Al oír a Flip hablar de ese modo con su voz franca y clara, al ver sus gestos tranquilizadores y su persona, que respiraba salud y fuerza, un moribundo se habría reanimado: si Harry Clifton no tenía la isla encantada del Robinson suizo, al menos tenía al fiel, devoto Flip, y ya estaba impaciente por estar en pie para visitar con él esa tierra desconocida y colonizarla.
Pero, en ese momento, ya un poco fatigado, sintió que le ganaba el sueño. La señora Clifton rogó a los niños que dejaran descansar a su padre.
Todos iban a abandonar la gruta, cuando Belle se detuvo:
—¡Ah! —dijo—, señor Flip, ¡ahora podemos llamarlo «papá Flip», porque hemos encontrado a nuestro padre!
—¡Papá Flip! —murmuró sonriendo Harry Clifton.