El tio Robinson
El tio Robinson Plenamente. Al hablar de ese modo, Flip olvidaba que en aquel relato imaginario, era el autor quien habÃa puesto todo, industria y naturaleza, al servicio de sus náufragos. Les ha elegido una isla muy especial, con un clima en el que no hay que temer los rigores del invierno. Cada dÃa encuentran, casi sin buscarlo, el animal o la planta que necesitan. Poseen armas, herramientas, pólvora, ropa; tienen una vaca, ovejas, un asno, un puerco, gallinas; su nave encallada les provee madera en abundancia, hierro, semillas de todo tipo. ¡No! ¡La situación no era la misma y no podÃa ser la misma! ¡Los náufragos suizos son millonarios! ¡Éstos son unos desgraciados, reducidos al más completo desamparo, y tienen que crearlo todo a su alrededor!
Pero Harry Clifton, que ciertamente no se engañaba, se guardó los pensamientos que le sugerÃa la comparación de Flip. Se limitó a preguntarle si, realmente, no extrañaba nada.
—¡Nada, señor Clifton, nada! —respondió Flip—. No tengo familia. ¡Creo incluso que era huérfano antes de venir al mundo!