El Volcán de oro
El Volcán de oro —¿Acaso ha sido la miseria lo que mató a nuestro tÃo? —preguntó Summy Skim.
—No —respondió el notario—. La carta no deja el menor resquicio de duda a ese respecto. Murió a consecuencia del tifus, tan temible en esos climas y que tantas vÃctimas se cobra. Afectado por los primeros gérmenes de la enfermedad, monsieur Lacoste abandonó la parcela y regresó a Dawson City y allà fue donde murió. Como sabÃan que procedÃa de Montreal, me informaron a mà de su fallecimiento para que se lo transmitiera a su familia.
Summy Skim se habÃa recogido meditando. Trataba de imaginar cómo habÃa podido ser la situación de su pariente en el curso de una explotación que, sin duda, no habÃa sido fructuosa. ¿No habÃa empleado en ello sus últimos recursos después de haber adquirido, quizá, una parcela a un precio exorbitante, como lo hacÃan demasiados buscadores imprudentes? ¿HabrÃa muerto insolvente, incluso endeudado con los trabajadores que hubiera contratado? Después de esas reflexiones Summy Skim pudo decir al notario: