El Volcán de oro
El Volcán de oro Era también de observar que el territorio de Klondike no era el único de la región que estaba surcado por vetas auríferas. Ya se sabía que existían en otras partes, no solamente en la superficie del Dominio, sino del otro lado del Yukón, en el inmenso territorio de Alaska, algunas de cuyas regiones no habían sido suficientemente exploradas. Incluso en la orilla derecha del gran río, en la parte canadiense, en la frontera meridional de Klondike, se hablaba del curso del río Indian, cuyos yacimientos harían competencia a los del distrito. ¿No había ya, de hecho, mineros trabajando en la explotación de trescientas parcelas en la confluencia del Sulphor y del Dominio, los dos torrentes que formaban aquel río? ¿No había, acaso, en aquellos momentos más de dos mil quinientos hombres lavando bateas de trescientos a cuatrocientos francos?
Finalmente, no sólo los afluentes de la orilla derecha del Yukón arrastraban pajuelas o hacían rodar pepitas de oro. Los mineros se precipitaban ahora hacia los afluentes de la orilla izquierda. Se habían numerado parcelas en el río Sixty Miles, en el Geneenee, en el Westfield, el Swadish, que estaban divididos ya en más de seiscientos ochenta lotes, y finalmente el Forty Miles Creek, porque a pesar de lo que pensara Summy Skim, tal río existía, y la parcela del tío Josias era efectivamente la 129, como muy bien lo indicaba el telegrama que había recibido Snubbin, el notario de Montreal.