El Volcán de oro
El Volcán de oro Por supuesto, y conviene insistir en ello, a Summy Skim le parecía ser lo suficientemente rico con la renta de sus tierras. Las explotaba con tanto método como inteligencia. Pero si bien no tenía la intención de dejar que su fortuna disminuyera, tampoco se preocupaba en modo alguno de acrecentarla, y por nada en el mundo se hubiera entregado a los negocios, tan variados en América, en el terreno de la especulación comercial o industrial, los ferrocarriles, los bancos, las minas, las sociedades marítimas y demás. ¡No! Aquel sabio tenía horror a todo lo que presentara algún riesgo o simplemente alguna eventualidad. Entregarse a sopesar las buenas o malas posibilidades, sentirse a la merced de hechos imposibles de prever o de impedir, despertarse por las mañanas con este pensamiento: «¿Soy más pobre o más rico que la víspera?». Aquello le hubiera parecido horrible, hubiera preferido no dormirse nunca o no despertarse jamás.