El Volcán de oro

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Por lo tanto, hay motivos para observar que, aunque estaban muy unidos y la idea de que algo pudiera separarlos en el futuro les resultara inimaginable, los dos primos no tenían ni los mismos gustos ni el mismo temperamento. Ben Raddle, menos alto de estatura, moreno de pelo y barba, dos años mayor que Skim, no contemplaba la vida desde el mismo ángulo que él. Mientras uno se contentaba con vivir como un buen propietario y vigilar sus cosechas, el otro se apasionaba por los avances industriales y científicos de su época. Había realizado estudios de ingeniería y había participado ya en alguna de aquellas obras prodigiosas en las que los americanos buscan superarse por la novedad de la concepción y por la audacia de la ejecución. Al mismo tiempo tenía la ambición de ser rico, muy rico, aprovechando aquellas ocasiones tan extraordinarias pero tan aleatorias que no son raras en Norteamérica, sobre todo la explotación de las riquezas minerales del suelo. Las fabulosas fortunas de los Gould, de los Astor, de los Varderbildt, de los Rockefeller y tantos otros que habían alcanzado los mil millones, sobreexcitaban su cerebro. Así, mientras que Summy Skim únicamente se desplazaba para sus frecuentes excursiones por Green Valley, Ben Raddle había recorrido los Estados Unidos, cruzado el Atlántico y visitado parte de Europa, sin haber convencido nunca a su primo para que se decidiera a acompañarlo. Recientemente había regresado de un viaje bastante largo a ultramar, y desde su regreso a Montreal, esperaba alguna ocasión, o más bien algún negocio enorme en el que pudiera colaborar. Summy Skim podía, por lo tanto, temer que su primo se dejara arrastrar por alguna de aquellas especulaciones que a él le horrorizaban.


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