El Volcán de oro

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Además, existía cierta diferencia entre los americanos y los canadienses que trabajaban en los yacimientos. Generalmente estos últimos se mostraban más dóciles, más tranquilos y más disciplinados. También eran los preferidos de los sindicatos. Los que se ponían al servicio de las sociedades americanas eran una minoría. Éstas buscaban a sus compatriotas, a pesar de su turbulencia y de su tendencia a la rebelión, su impulso a precipitarse en peleas casi cotidianas cuando se excitaban con licores fuertes, y sobre todo, ese cóctel que causa estragos en las regiones auríferas. Era raro que pasara un día sin que la policía tuviera que intervenir en una parcela o en otra. Se intercambiaban puñetazos y disparos. En ocasiones moría algún hombre, y en lo referente a los heridos, había que conducirlos al hospicio de Dawson City, atestado ya por los enfermos que sin cesar iban a parar allí víctimas de las epidemias.

Sin duda hubiera parecido más indicado que los americanos fueran conducidos a Sitka, ya que Sitka era la capital de Alaska. Pero esa ciudad se encontraba muy alejada de Klondike, y hubiera habido que tomar la larga y penosa ruta de la región de los lagos, para luego cruzar los pasos del Chilkoot, y ni siquiera se les hubiera pasado por la cabeza. Todos afluían a Dawson City ya fuera para obtener los cuidados que necesitaban, ya fuera para disfrutar de todos aquellos placeres que todo el mundo buscaba con avidez.


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