El Volcán de oro
El Volcán de oro Después de haber paseado la mirada por el arroyo y de haber observado las parcelas de la orilla derecha, designadas con números pares, dieron algunos pasos en dirección al barranco. No cabía la menor duda de que estaban malhumorados, y sin duda era a causa de que desde el comienzo de la campaña, el rendimiento de la parcela 127 había sido muy mediocre y no cubría los gastos. Y debían estar tanto o más irritados porque no ignoraban que durante las últimas semanas los beneficios producidos por la parcela Lacoste habían sido bastante importantes.
Hunter y Malone siguieron subiendo barranco arriba, y se detuvieron más o menos a la altura de la vivienda de Lorique. Desde allí divisaron a Ben Raddle, que acodado a la ventana, no parecía prestarles atención. Pero lo que éste sí que pudo ver perfectamente es que le apuntaban con la mano, y que con sus gestos violentos y sus voces furiosas intentaban provocarlo.
Muy sensatamente Ben Raddle no quiso entrar en ello, y cuando los dos tejanos se retiraron, regresó a manejar el rocker con Lorique.
—¿Los ha visto, monsieur Raddle? —dijo éste entonces.
—Sí, Lorique —respondió Ben Raddle—. Pero sus provocaciones no lograrán sacarme de mi reserva.
—Monsieur Skim no parece tan paciente como usted.