El Volcán de oro
El Volcán de oro Ben Raddle hubiera podido hablar largo tiempo sobre el tema, y Summy Skim comprobó que lo conocÃa a fondo. Se limitó a decir:
—Vamos, Ben, se ve a las claras que te ha entrado la fiebre.
—¡Cómo! ¿La fiebre?
—SÃ, la fiebre del oro, como a tantos otros, y eso no se cura con sulfato de quinina, porque no es una fiebre intermitente.
—TranquilÃzate, querido Summy —respondió Ben Raddle riendo—. Mi pulso no late más deprisa que de costumbre. No quisiera que te expusieras al contacto con un hombre febril.
—¿Yo? Estoy vacunado —respondió Summy Skim en el mismo tono—. No tengo nada que temer. Pero me apenarÃa que te lanzaras.
—Querido amigo, no se trata de lanzarse, se trata simplemente de estudiar un asunto, y en suma, sacar provecho si es posible hacerlo. Tú dices que nuestro tÃo no fue afortunado en sus especulaciones; lo creo, en efecto, y muy probablemente esa parcela de Forty Miles Creek le habrá producido más barro que pepitas. Es posible, pero quizá no disponÃa de los recursos necesarios para explotarlo, quizá no operaba con experiencia y método, como hubiera podido hacerlo…
—Un ingeniero ¿no es asÃ, Ben?
—Sin duda, un ingeniero.