El Volcán de oro
El Volcán de oro Durante aquella conversación el notario Snubbin no tuvo que hacer ningún esfuerzo para comprender que el ingeniero tenía un punto de vista sobre el asunto totalmente diferente al de su coheredero. Ben Raddle estudió con el mayor cuidado los títulos de propiedad. No podía apartar la mirada del mapa a gran escala que tenía ante los ojos, y que comprendía el distrito de Klondike y la parte vecina de Alaska. Se remontaba con la imaginación a aquel Forty Miles Creek que cruzaba el meridiano ciento cuarenta y uno, escogido como línea de demarcación entre ambos países, y se detenía allí, cerca de la frontera, precisamente en el lugar donde estaban indicados los mojones de la parcela de Josias Lacoste. Contaba las otras parcelas establecidas en las dos orillas del Creek, cuya fuente se hallaba oculta en una de las regiones auríferas de Alaska. ¿Por qué no iban a verse éstas tan favorecidas como las del río Klondike, o las de sus afluentes, como el Bonanza, o subafluentes, como el Victoria, Eldorado, y otros ríos, tan productivos, tan codiciados entonces por los mineros? Devoraba con la mirada aquella región maravillosa, cuya red hidrográfica acarreaba a profusión el precioso metal, el cual, a la tarifa de Dawson City, valía dos millones trescientos cuarenta y dos mil francos la tonelada.
Y cuando el notario Snubbin lo vio tan absorto en sus reflexiones que se olvidó de hablar, se creyó en la obligación de decirle: