El Volcán de oro

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Ben Raddle y sus compañeros no vieron a ninguno de estos últimos, y tan lejos como podía alcanzar su vista, las bahías, las caletas, las calas y los islotes parecían desiertos. No se veían ni forasteros ni indígenas, y sin embargo, las bocas del Mackensie eran ricas en mamíferos marinos y en anfibios de varias especies.

Pero no sucedía lo mismo en alta mar, y ayudándose con el catalejo, el Explorador pudo distinguir varias velas y algunos penachos de humo recortados en el horizonte septentrional.

—Son balleneros —dijo—, que después de franquear el estrecho de Bering alcanzan estos parajes del océano Ártico. Dentro de dos meses volverán a tomar la ruta del estrecho. Unos fondearán en Saint Michel, en la desembocadura del Yukón; otros en Petropolawsk, en la península de Kamtchatka en la costa asiática, y después irán a los puertos del Pacífico para vender el producto de su pesca.

—¿No los hay que vayan a fondear a Vancouver? —preguntó Summy Skim.

—En efecto —respondió Bill Stell—, pero ésos se equivocan, se equivocan por completo, porque es muy difícil retener a las tripulaciones, porque la mayoría de los marineros desertan para ir a Klondike.


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