El Volcán de oro
El Volcán de oro Summy Skim y Neluto fueron acercándose, sin hacer más ruido que una serpiente entre la hierba, uno detrás del otro, el indio a la zaga. En algunos minutos de sordo reptar llegaron al punto desde el que los animales estaban al alcance de sus carabinas, es decir, a menos de sesenta pies del lugar donde descansaban los rumiantes. Stop, retenido por Neluto, jadeaba pero no ladraba.
Los alces no parecÃan haberse percatado de la presencia cercana de los dos cazadores. Los que estaban tumbados en el suelo no se levantaron y los demás continuaban pastando.
Uno de ellos, sin embargo, un magnÃfico animal, cuyos cuernos se desarrollaban como el ramaje de un árbol joven, levantó en aquel momento la cabeza y se volvió del lado de la linde del bosque. Sus orejas se agitaron y tendió el hocico como si hubiera querido husmear el aire que procedÃa de allÃ.
¿HabÃa olido el animal el peligro? ¿Iba a huir arrastrando a los demás detrás de él?
Summy Skim tuvo una especie de presentimiento y la sangre le hinchó el corazón. Pero recuperándose dijo en voz baja:
—Fuego, Neluto, los dos sobre el mismo animal para estar seguros de no fallar.
En aquel instante se dejó oÃr un ladrido, y Stop, al que Neluto habÃa soltado para echarse al hombro la carabina, se lanzó en medio de la manada.