El Volcán de oro
El Volcán de oro En resumen, eran ya cerca de las nueve cuando los dos cazadores se detuvieron a la entrada de un pequeño claro a menos de trescientos pies del lugar que ocupaban los alces. Los animales no daban muestras de inquietud. Unos pastaban o bebían en una especie de arroyo que salía del bosque, otros estaban tumbados sobre la hierba, probablemente dormidos. Pero no cabía la menor duda de que a la menor alerta se pondrían a la fuga, muy probablemente en dirección al sur, hacia los territorios del río Porcupine.
Summy Skim y Neluto no eran gente a quienes les gustara reposar, aunque tuvieran necesidad de hacerlo, y ya que se presentaba la ocasión de dar un buen golpe antes de su primer almuerzo no estaban dispuestos a privarse de ello.
Allí estaban, pues, con la carabina lista, deslizándose entre los matorrales, reptando a lo largo de la linde. Como más tarde confesó Summy Skim, nunca había sentido una emoción parecida, emoción donde no cabía ningún temor, por supuesto, porque no se trataba de fieras. Pero aquella espera tenía hasta tal punto el poder de satisfacer uno de sus más ardientes deseos de cazador que su corazón latía con precipitados golpes, su mano temblaba, y temía no poder disparar adecuadamente. No, lo cierto es que si fallaba en una ocasión parecida y no lograba abatir el ansiado alce, sólo le quedaría el recurso de morirse de vergüenza.