El Volcán de oro
El Volcán de oro —De acuerdo, monsieur Skim —respondió el indio—. Pero usted tiene que retenerme también a mÃ, porque necesito que alguien lo haga.
Summy Skim no pudo evitar una sonrisa al oÃr aquella reflexión de Neluto: lo comprendÃa y también él hubiera tenido necesidad de que lo retuvieran.
Echaron a andar, no sin dificultad. Los álamos, los abedules y los pinos de aquel bosque estaban muy juntos, y unos espesos matorrales estorbaban el avance. HabÃa que evitar que crujieran bajo los pies las ramas muertas que tapizaban el suelo. El ruido hubiera sido oÃdo tanto más fácilmente cuanto que no soplaba una brizna de viento. El sol, que se habÃa vuelto más ardiente, inundaba de luz los inmóviles ramajes. A los oÃdos no llegaba ningún canto de ave, ningún rumor surgÃa de las profundidades de aquella selva. Summy Skim ignoraba si se prolongaba sobre una gran extensión de la región que regaban el rÃo Porcupine o sus afluentes —como el Old Crow en su parte meridional—, aunque por otra parte no tenÃa intención de alejarse de sus lindes.