El Volcán de oro
El Volcán de oro Lo difícil fue precisamente encontrar habitación en aquel hotel. En aquella época los viajeros, hasta mil doscientos emigrantes cada veinticuatro horas, acudían en trenes y paquebotes. No es difícil imaginar el provecho que obtenía la ciudad, y más especialmente aquella clase de ciudadanos que tiene por misión alojar y alimentar a los forasteros a precios inverosímiles. Sin duda, éstos permanecían el menor tiempo posible, tan grande era su prisa por llegar a los territorios cuyo oro les atraía como el imán atrae al hierro. Pero también tenía que existir la posibilidad de irse, y escaseaban las plazas en los numerosos vapores que subían hacia el norte después de hacer escala en diferentes puertos de México y de los Estados Unidos.
Hay algunos que van por el Pacífico a buscar la desembocadura del Yukón, en Saint Michel, en la costa occidental de Alaska, y remontan luego su curso hasta Dawson City, la capital de Klondike. Sin embargo, el destino de la mayoría es Victoria o Vancouver, desde donde, siguiendo la costa americana, llegan a Scagway o Dyea. ¿Cuál de aquellas dos rutas tomaría Ben Raddle? Ésa era la cuestión que el ingeniero acababa de resolver. Pero mientras tanto, Summy Skim y él tuvieron que instalarse lo mejor posible en una de las habitaciones del Vancouver Hotel, donde al menos no tuvieron quejas ni del servicio ni de la comida.