El Volcán de oro
El Volcán de oro Asimismo, los buscadores que se lo podÃan permitir, aquéllos a quienes la suerte habÃa favorecido de algún modo, preferÃan regresar a alguna de las ciudades de la Columbia. TenÃan oro para gastarse y lo gastaban con una despreocupada prodigalidad, de la que es difÃcil hacerse idea. TenÃan la convicción de que la fortuna no iba a abandonarlos, de que la próxima temporada serÃa fructuosa, de que los nuevos yacimientos descubiertos a lo largo de los afluentes del Yukón y del Klondike pondrÃan entre sus manos montones de pepitas. A finales de abril o comienzos de mayo serÃa el momento de regresar a los placeres y recomenzar la campaña. Ellos eran los que tenÃan las mejores habitaciones de hotel para pasar los seis o siete meses de invierno, del mismo modo que ocupaban los mejores camarotes del paquebote para regresar a Scagway y volver a tomar la ruta del norte.
Summy Skim no tardó en constatar que entre aquella categorÃa de mineros figuraba la gente más violenta, más grosera, más alborotadora, los que se entregaban a todos los excesos en las casas de juego o en los casinos donde, con el dinero en la mano, hablaban como señores.
Veamos ahora las circunstancias en las que Summy Skim trabó conocimiento con uno de esos buscadores de reputación deplorable. Y, por desgracia, las relaciones empezaron en aquella ocasión, pero no iban a quedarse ahÃ, como el futuro demostrará.