Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos ¡Qué impaciencia sentÃa a veces a pesar de los sabios consejos de mi posadero, tan feliz en su casa de Christmas Harbour! Son raros en este mundo aquellos a los que la práctica de la vida ha hecho filósofos. Además, en Fenimore Atkins, el sistema muscular dominaba al nervioso. Tal vez poseÃa también menos inteligencia que instinto, y estas gentes están mejor armadas para defenderse contra los golpes de la vida, y es posible que sus probabilidades de encontrar la felicidad en este bajo mundo sean más serias.
-¿Y la Halbrane?-preguntábale yo todas las mañanas.
-¿La Halbrane, señor Jeorling? Seguramente llegará hoy, me respondÃa; y si no es hoy, será mañana. Algún dÃa será, ¿no es cierto?... Que será la vÃspera de aquel en que el pabellón del capitán Len Guy se despliegue ante Christmas-Harbour.
Para aumentar el campo de vista, yo no hubiera tenido más que subir al Table-Mount. Por una altura de mil doscientos pies se obtiene una extensión de treinta y cinco millas, y tal vez, aun al través de la bruma, la goleta serÃa vista veinticuatro horas antes. Pero sólo un loco hubiera podido pensar en subir a aquella montaña, cubierta aun de nieve desde las laderas a la cúspide.