Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos La navegación seguía en excelentes condiciones. Apenas si había que evitar algunos témpanos que las corrientes arrastraban al Suroeste con velocidad de un cuarto de milla por hora. Nuestra goleta les pasaba sin gran trabajo. Aunque la brisa fuera viva, Jem West había colocado las velas altas, y la Halbrane se deslizaba suavemente por una mar poco agitada. No veíamos ninguno de esos ice-bergs que Arthur Pym veía en aquella latitud, y alguno de los cuales medían una altura de 100 brazas, al principio de fundirse, es cierto. La tripulación no se veía obligada a maniobrar en medio de las nieblas que molestaban la marcha de la Jane. No sufrimos los rafales de nieve que algunas veces asaltaron a aquella, ni las bajas de la temperatura que aquellos marineros sufrieron. Únicamente raros témpanos derivaban a nuestro paso, algunos cargados de pingüinos, como turistas que navegaban a bordo de un yate de recreo, y también de negras focas.