Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Sobre esta flotilla volaban sucesivamente petrales, cormoranes, somormujos, colimbos y albatros de fuliginoso tinte. Sobre la mar flotaban, aquí y allá, anchos pólipos, de suaves colores, semejantes a sombrillas desplegadas. Respecto a los peces, de los que los pescadores de la goleta pudieron hacer amplia provisión, ya con sedales, ya con harpón, citaré a los corifenos, especie de dorados gigantes, de tres pies de largo, y de carne firme y sabrosa. Al día siguiente por la mañana, después de una noche tranquila, durante la cual la brisa se había dulcificado, el contramaestre se acercó a mí con el rostro alegre, la voz fresca, como hombre que no se inquieta de las contingencias de la vida.
-Buenos días, señor Jeorling, buenos días-me dijo. En las regiones australes y en la época del año a que me refiero, no sería propio dar las buenas noches, porque no existen ni buenas ni malas.
-Buenos días, Hurliguerly-respondí dispuesto a entablar conversación con aquel alegre hablador.
-¿Cómo encuentra usted los mares que se extienden pasado el banco de hielo?
-Los compararía-respondí-a los grandes lagos de Suecia o de América.
-Sí..., indudablemente... Lagos rodeados de icebergs, a modo de montañas.