Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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No hay que decir que Jem West había tomado todas las precauciones que exigía una navegación por estos parajes sospechosos. La más severa vigilancia reinaba a bordo. Los pedreros estaban cargados; las balas y cartuchos, dispuestos; los fusiles y pistolas, preparados; las redes de abordaje, en disposición de ser izadas. Se recordaba que la Jane había sido atacada por los insulares de la isla Tsalal. Nuestra goleta se encontraba entonces a menos de 60 millas del teatro de aquella catástrofe. La noche se había pasado sin alarma. Al alba no se veía una embarcación en las aguas de la Halbrane, ni un indígena en la playa. El sitio parecía desierto, y, por lo demás, el capitán William Guy no había visto allí huella de seres humanos. En el litoral no se distinguían ni viviendas ni humareda que indicase que el islote Bennet estuviera habitado.

Lo que vi de este islote fue - tal como lo indicaba Arthur Pym-una base rocosa, de una legua de circunferencia, y de tal aridez que no se percibía el menor indicio de vegetación. Nuestra goleta estaba anclada, con una sola ancla, a una milla al Norte.

El capitán Len Guy me hizo observar que no había error posible sobre este sitio.

-Señor Jeorling-me dijo-, ¿ve usted aquel promontorio en dirección Nordeste?

-Sí, capitán.


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