Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Considerábamos, pues, como terminada la campaña, y júzguese de nuestra sorpresa cuando oímos estas palabras:
-¿Y Pym? ¿El pobre Pym?
Me volví. El que acababa de hablar era Hunt. Inmóvil, aquel extraño personaje devoraba el horizonte con la mirada. Había a bordo de la goleta tan poca costumbre de oír la voz de Hunt-acaso aquellas eran las primeras palabras que desde su embarco había pronunciado ante nosotros,-que la curiosidad llevó a su lado a todos los tripulantes. ¿Su inopinada intervención no anunciaba-yo tuve el presentimiento de ello-alguna prodigiosa revelación?
Un ademán de Jem West envió a la tripulación a proa. No quedaron más que el lugarteniente, el contramaestre, el maestro velero Martín Holt y el maestro calafateador Hardie, que se consideraron autorizados para permanecer con nosotros.
- ¿Qué has dicho?-preguntó el capitán Len Guy, acercándose a Hunt.
-He dicho: ¿Y Pym? ¿El pobre Pym?
-Y bien: ¿qué pretendes al recordarnos el nombre del hombre cuyos detestables consejos han arrastrado a mi hermano hasta esta isla donde la Jane ha sido destruida, donde la mayor parte de su tripulación fue muerta, donde no hemos encontrado uno solo de los que aquí estaban hace siete meses?