Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Y afirmaba con tal convicción que Dirk Peters había debido pasar a su alma cuando ambos habitaban en el pueblo de Vandalia, en el fondo de Illinois. Ahora era ocasión de preguntarse si Hunt poseía cabal su juicio.
¿No había sido él quien, durante una crisis mental-yo no lo dudaba-después de introducirse en mi cámara, había murmurado estas palabras a mi oído:
-¿Y Pym... el pobre Pym? ¡Sí!...;. ¡Yo no había soñado!
En resumen: si todo lo que acababa de decir Hunt era verdadero: si no hacía más que relatar los secretos que Dirk Peters le había confiado, ¿debía ser creído cuando repetía con voz a la vez imperiosa y suplicante:-¡Pym no ha muerto! ¡Pym está allí! ¡Es preciso no abandonar al pobre Pym!
Cuando terminé mi interrogatorio, el capitán Len Guy, saliendo al fin de su meditación, ordenó con voz brusca:
-¡Toda la tripulación a popa!
Cuando los marineros estuvieron reunidos en torno de él, dijo:
- Escucha, Hunt, y piensa en la gravedad de las preguntas que voy a hacerte.
Hunt levantó la cabeza y paseó su mirada por los tripulantes de la Halbrane.