Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Verdad que Hunt era un tipo bastante extraordinario para provocar nuestra atención. Sí, ahora recordaba yo sus extrañas maneras desde que la goleta había franqueado el circulo polar, desde que navegaba por la mar libre; sus miradas, dirigidas incesantemente hacia el horizonte del Sur; su mano, que por movimiento instintivo se tendía en dicha dirección. Después, en el islote Bennet parecía haberle visitado ya, y en él había descubierto un resto de la Jane, y, en fin, en la isla Tsalal él había tomado la delantera, y nosotros le habíamos seguido como a un guía al través de la planicie agitada hasta el lugar que ocupaba el pueblo de Klock-Klock, a la entrada de la quebrada, cerca de la colina donde se cruzaban los laberintos, de los que ninguna señal quedaba. Sí. Todo esto hubiera debido ponernos alerta, hacer nacer-en mí por lo menos-el pensamiento de que Hunt pudiera estar mezclado a las aventuras de Arthur Pym.
Pues bien; no solamente el capitán Len Guy, sino también su pasajero Jeorling, tenían una venda sobre los ojos. Lo confieso; éramos dos ciegos, y ciertas páginas del libro de Edgard Poe debían habernos dado gran clarividencia.