Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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En suma: no había que poner en duda que Hunt fuese realmente Dirk Peters. Aunque once años más viejo, era aun tal como Arthur Pym le había pintado. Verdad que el aspecto feroz de que habla la relación no existía, y, por otra parte, según el mismo Arthur Pym declaraba, no era más que ferocidad aparente. En lo físico nada había cambiado: la estatura pequeña, la musculatura recia, los miembros colocados en una mole de hércules, y las manos tan grandes y gruesas que apenas habían conservado la forma humana; las piernas y brazos arqueados, la cabeza de prodigioso tamaño y la boca enorme, con anchos dientes que los labios no cubrían jamás, ni aun en parte. Lo repito: tales señas concordaban perfectamente con las de nuestro reclutado de las Falklands. Pero no se encontraba ya en su rostro aquella expresión que, si era el síntoma de la alegría, no podía ser más que «la alegría del demonio».







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