Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos La impaciencia se apoderó de mÃ. Si aquel erizo rehusaba mis proposiciones, pasarÃa por la repulsa. No tenÃa yo la pretensión de obligarle a que me admitiera a bordo de su navÃo aunque no quisiera. Además, en las Kerguelen no habÃa cónsul ni agente americano al que hubiera yo podido acudir en queja de la negativa del capitán. Lo importante era salir de dudas, y si el capitán Len Guy me rechazaba, le dejarÃa en paz y esperarÃa la llegada de otro barco más complaciente...; lo que, a la postre, no significaba más que un retraso de dos o tres semanas.
En el momento en que yo iba a abordarlo, el lugarteniente de a bordo vino a reunirse con su capitán. Este aprovechó la ocasión para alejarse, y haciendo al oficial seña de que le siguiera, rodeó el fondo del puerto y desapareció tras una roca, subiendo la bahÃa por la parte septentrional.
-¡Al diablo!-pensé yo.-Hay motivos para creer que me será difÃcil conseguir lo que deseo... Pero esto no es mas que un compás de espera. Mañana por la mañana iré a bordo de la Halbrane. ¡Quiera o no quiera el capitán Len Guy, tendrá que escucharme y responderme sà o no!