Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos -¿Él no le ha hablado a usted nunca de los rayos que caÃan del cielo?-añadÃ, no queriendo servirme de las palabras aurora polar, que el mestizo no hubiera tal vez entendido. VolvÃa yo asà a la hipótesis de que aquellos fenómenos podÃan ser debidos a la intensidad de las influencias eléctricas, tan poderosas en las altas latitudes, admitiendo que realmente se hubieran producido.
-Nunca, señor-dijo Dirk Peters, no sin haber reflexionado antes de responder a mi pregunta.
-¿No ha notado usted tampoco que el color de la mar se alteraba..., que perdÃa su transparencia..., que se volvÃa blanca..., semejante a la leche...., que su superficie se conmovÃa en torno de la canoa?...
-Si eso sucedÃa, señor, yo no losé... Compréndame usted... Yo no tenÃa conocimiento de las cosas... La canoa se iba..., se iba..., y mi cabeza con ella.
-Y además, Dirk Peters..., ¿aquel polvo fino que caÃa semejante a blanca ceniza?
-No lo recuerdo.
-¿Es que no era nieve?...
-¿Nieve?... SÃ... No... HacÃa calor... ¿Qué ha dicho Pym?