Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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-Sí, señor... y después... nosotros y el salvaje. Usted... sabe que llevábamos a bordo tres tortugas... Estas bestias contienen provisión de agua dulce... y su carne es buena... hasta cruda... ¡Oh!... ¡La carne cruda, señor!... Al pronunciar estas palabras, Dirk Peters, bajando la voz, como si temiera que le escucharan, arrojó una rápida mirada en torno.

Aquel alma se estremecía siempre al recuerdo de las escenas del Grampus. No es fácil pintar la horrible expresión que se dibujó en la cara del mestizo en el momento en que habló de la carne cruda. No la de un caníbal de Australia o las Nuevas Hébridas, sino la de un hombre que experimenta indecible horror hacia sí mismo. Después de un largo silencio, traje la conversación al punto debido.

-¿No fue el 1º de Marzo, ateniéndome a la relación de Arthur Pym, cuando por vez primera vio usted el ancho velo de un vapor gris cortado por rayas luminosas y vacilantes?

-¡No lo sé, señor! ¡Pero si Pym lo ha dicho, es preciso creer a Pym!



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