Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Yo comprendía que aunque la idea de abandonar a su hermano y a los compañeros de éste desgarraba el corazón del capitán Len Guy, debía de estar al fin de sus ánimos. Por lo demás, la goleta no se apartaba de la línea recta marcada desde la isla Tsalal. ¡Parecía que estaba unida como por un imán submarino al camino de la Jane, y Dios quisiera que, ni el viento ni las corrientes le separaran de allí! Contra las fuerzas de la Naturaleza preciso hubiera sido ceder, mientras que contra otra clase de obstáculos se puede luchar. Debo mencionar una circunstancia que favorecía la marcha hacia el Sur. Después de haberse dulcificado durante unos días la corriente, se dejaba sentir de nuevo con velocidad de tres a cuatro millas por hora. 

Evidentemente, como me lo hizo observar el capitán Len Guy, tal corriente dominaba en aquel mar, por más que fuese rechazada de vez en cuando por contracorrientes muy difíciles de indicar con exactitud en los mapas. Desgraciadamente, no podíamos determinar si la embarcación de William Guy y los suyos al largo de Tsalal había sufrido la influencia de ésta o aquellas. No hay que olvidar que su acción debió de ser superior a la del viento sobre la canoa, que, desprovista de velamen, como todas las de los insulares, maniobraba con el pagay.


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