Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Atkins la había hablado para recibir la respuesta que se sabe. En cuanto a Hurliguerly, tan atento al ofrecerme su influencia y sus servicios, ¿se atrevería a mantener su promesa? No habiéndole vuelto a ver, yo lo ignoraba. En todo caso, no había debido de ser más afortunado que el hostelero del Cormorán Verde.

Salí a las ocho de la mañana. Hacía un tiempo de perros, como dicen los franceses o, para emplear una expresión más justa, un tiempo perro. Lluvia mezclada de nieve, borrasca que venía del Oeste, nubes que rodeaban las bajas zonas, una avalancha de aire y agua. No era de suponer que el capitán Len Guy hubiera bajado a tierra para calarse hasta los huesos. En efecto: el muelle estaba solitario. Algunos barcos de pesca habían abandonado el puerto ante la tormenta, y sin duda se habían puesto al abrigo de ella en el fondo de las ensenadas que ni el mar ni el viento podían combatir. Ir a bordo de la Halbrane no era posible, sin tener a mi disposición alguno de sus botes, y el contramaestre no hubiera tomado sobre sí la responsabilidad de enviármele.

-Además-pensé,-sobre el puente de la goleta el capitán está en su casa, y para lo que pienso responderle, si se obstina en su incalificable negativa, es preferible un terreno neutral. Voy a espiar desde mi ventana, y si su bote le trae al muelle, está vez no logrará evitar que le hable.


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