Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Contando los dÃas, contando las horas, ¡cuántas veces me habÃa yo visto a bordo de aquella goleta que navegaba por el archipiélago hacia la costa americana! No dudaba mi posadero de que el capitán me complacerÃa en mis deseos, de conformidad con sus intereses. No es cosa corriente que un navÃo de comercio rehúse un pasajero, cuando esto no debe obligarla a modificar su itinerario, si el precio del pasaje es bueno. ¿Quién lo hubiera creÃdo?...
AsÃ, yo experimentaba gran cólera contra un personaje tan poco complaciente. Excitábanse mi bilis y mis nervios ante el obstáculo que acababa de presentarse en mi camino. Pasé, pues, una noche de fiebre, y hasta que llegó el dÃa no recobré la calma.
Por lo demás, yo estaba resuelto a tener una explicación con el capitán Len Guy acerca de su incalificable proceder. Tal vez no obtendrÃa nada de aquel erizo, pero al menos le dirÃa lo que tanto me molestaba.