Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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-¡Posible, señor Jeorling, posible! Lo que hace falta es que aparezca antes de dos días, pues, si no, a fe de contramaestre que sería preciso virar. Durante las veinticuatro horas siguientes se caminó hacia el Sursuroeste. Verdad es que la dirección de la Halbrane tuvo que ser modificada varias veces y reducida su velocidad en medio de los témpanos. La navegación se hizo muy difícil desde que la goleta se lanzó al través de los icebergs, que tenía que cortar oblicuamente. Por lo demás, no había ninguno de esos packs, de esos drifts que bordeaban el banco de hielo en el paralelo setenta; nada del desorden que presentan los parajes del círculo polar, combatidos por las tempestades antárticas. Las enormes masas derivaban con majestuosa lentitud. Los bloques parecían nuevos, para emplear la frase propia, y tal vez su formación databa de pocos días. Sin embargo, con una altura de ciento a ciento cincuenta pies, su volumen debía cifrarse en millones de toneladas.

Jem West vigilaba para evitar los choques, y no abandonaba ni un instante el puente:

Inútilmente, por entre los pasos que los icebergs dejaban entre ellos, procuró distinguir indicios de una tierra cuya orientación hubiese obligado a nuestra goleta a ir más directamente hacia el Sur. Nada distinguía.


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