Esfinge de los hielos

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CUADERNO TERCERO

XXIII

EL «ICEBERG» VOLTEADO.

Me dirigí a cubierta para ganar el puente. El Capitán Len Guy, que había abandonado su camarote, arrastrábase sobre sus rodillas, tan inclinada estaba la banda, y como pudo fue a agarrarse al listón de barraganete de las empavesadas. Hacia la proa, entre el castillo y el mástil de mesana, algunas cabezas asomaban entre los pliegues de la trinquete abatida como un toldo caído.

Eran las de Dirk Peters, Hardie, Martín Holt y Endicott, suspendidos a los obenques de estribor. Es de suponer que en aquel momento el contramaestre y el cocinero hubieran cedido a un 50 por 100 las primas ofrecidas desde el paralelo 84.

Un hombre se arrastró hasta mí, pues la pendiente le impedía mantenerse en pie. Era Hurliguerly. Extendido a lo largo, con los pies apoyados contra el dintel de la puerta, yo no temía deslizarme hasta la extremidad del pasadizo. Ayudé al contramaestre a que se levantara, no sin trabajo.


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