Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Pensamos que a la menor sacudida se deslizaría por lo largo de la pendiente del iceberg hasta el mar. En la parte en que estaban las habitaciones de dormir, el choque había sido lo bastante violento para desfondar algunas tablas del casco y del suelo en una extensión de dos toesas. Al primer choque, la cocina, colocada ante el palo de mesana, había roto sus cabos y se había hundido hasta la entrada del rouf, cuya puerta, entre los dos camarotes del capitán y del lugarteniente, había sido arrancada de sus goznes. La gavia y la flecha habían venido abajo tras la rotura de los brandales, en los que se veía la huella, aun fresca, a la altura del tamborete. 

Por todas partes restos diversos de vergas, berlingas, una parte del velamen, barriles, cajas, que debían flotar en la base del témpano y derivar con él. Lo que más debía inquietarnos en nuestra situación era que, de las dos canoas de la Halbrane, la de estribor había sido aplastada en el momento del abordaje y no quedaba más que la segunda, la mayor, es cierto, suspendida de sus cuerdas a babor. Lo que más apremiaba era ponerla en seguridad, pues tal vez era nuestro único medio de salvación. De este primer examen resultaba que los mástiles bajos de la goleta estaban intactos y podían ser utilizados; pero ¿cómo sacar la goleta de aquel lecho de hielo, volverle a su elemento natural, y, en una palabra, «lanzarla» como se lanza un barco a la mar?


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