Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos En suma, y cualesquiera que fuesen las intenciones de Hearne, era lamentable que nuestro maestro velero, con el que debía estar el capitán Len Guy, tuviese amistad con aquel. El sealing-master tenía ciertamente sus razones para hacer lo que hacía. Cuáles eran, yo no podía adivinarlo. Así es que, aunque la tripulación parecía haber abandonado toda idea de rebelión, se imponía severa vigilancia, especialmente en lo que a Hearne se refería.
Por lo demás, la situación iba a tener fin, por lo menos en lo que concernía a la goleta. Dos días después, los trabajos estaban terminados. Se había acabado de reparar el casco y de formar el lecho de lanzamiento hasta la base de nuestra montaña flotante. En aquella época, el hielo estaba ligeramente reblandecido en la superficie superior, por lo que este último trabajo no había exigido grandes esfuerzos. El lecho rodeaba oblicuamente el flanco Oeste del ice-berg, de forma que no ofreciera pendiente demasiado acentuada. Con calabrotes de retención, convenientemente dispuestos, el deslizamiento, al parecer, debía de efectuarse sin desperfectos. Yo más bien temía que la elevación de la temperatura no hiciese menos fácil la operación en el fondo del lecho.