Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos La temperatura de aquella noche fue de las más elevadas que habíamos experimentado hasta entonces. El termómetro marcó 53º (11º 67 c., sobre cero). También, a medida que el sol comenzaba a aproximarse al horizonte, el hielo se fundía, y mil arroyos serpenteaban por todas partes. Los más madrugadores estaban de pie a las cuatro. Yo fui uno de ellos. ¡Apenas si había dormido, o imagino que, por su parte, Dirk Peters no había podido tampoco hacerlo, ante la idea desoladora de volver atrás!
La operación del lanzamiento debía comenzar a la diez. Contando con los retrasos posibles y teniendo en cuenta las minuciosas precauciones que convenía tomar, el capitán Len Guy esperaba que aquella quedara terminada antes del fin de aquel día.
Nadie dudaba que al llegar la noche la goleta no hubiera bajado por lo menos a la base del iceberg. No hay que decir que todos debíamos ayudar a la difícil maniobra.
A cada uno se le había designado su puesto. Unos para facilitar el deslizamiento con rodillos de madera; los otros, al contrario, para moderar la velocidad, en caso de que la bajada fuera demasiado rápida y que hubiera necesidad de retener el casco por medio de calabrotes y de guindalezas preparados al efecto.