Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos No creí conveniente insistir más, en aquel momento al menos.
Aparte esto, el envío de nuestra única embarcación a descubrir tierra presentaba peligros, ya porque la corriente la arrastrara lejos, ya porque no volviese. Efectivamente, si el ice- berg se separaba del fondo y continuaba su interrumpida marcha, ¿qué sería de los hombres embarcados en la canoa?
Gran desgracia era que la barca fuera demasiado pequeña para albergarnos a todos con las provisiones suficientes. De los antiguos tripulantes quedaban diez hombres, contando a Dirk Peters; de los nuevos trece, o sea un total de veintitrés. Once o doce personas era el máximum de los que nuestra canoa podía contener; así, pues, once de nosotros hubieran tenido que ser abandonados sobre el islote de hielo..., los que la suerte designara. Y ¿qué sería de ellos?
Con este motivo, Hurliguerly hizo una reflexión que valía la pena de tenerse en cuenta.
-Después de todo-dijo-, no sé si los que se embarcaran serían más favorecidos por la suerte que los otros. Por lo que a mí se refiere, dejaría con mucho gusto mi plaza al que la quisiera.