Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos -Deduzco que debemos de estar en una mar estrecha, puesto que la corriente adquiere aquà tanta fuerza. No me asombrarÃa que tuviéramos tierra a estribor y a babor, a diez o quince millas.
-¿Será, pues, éste un estrecho que corta el continente antártico?
-SÃ... Por lo menos ésa es la opinión de nuestro capitán.
- Y pensando asÃ, ¿no intentará acostar en una u otra orilla de este estrecho?
-Y ¿cómo?
-Con la canoa.
-¡Arriesgar la canoa en medio de esas brumas!-exclamó el contramaestre, cruzándose de brazos.-¿Lo piensa usted, señor Jeorling? ¿Es que podemos arrojar el ancla para tocarla? No... ¡Si tuviéramos la Halbrane!
Esto era lo malo; que no la tenÃamos. A despecho de las dificultades que presentaba la ascensión al través de aquellos vapores medio condensados, yo subà a la cima del iceberg.
¡Quién sabÃa si un momento de claridad no me permitirÃa ver tierra al Este o al Oeste!
Cuando estuve en la punta, en vano procuré agujerear con la mirada el impenetrable manto gris que cubrÃa aquellos parajes.