Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Permanecí allí, sacudido por el viento del Nordeste, que tendía a refrescar, y que tal vez desgarraría las brumas. Entretanto, nuevos vapores se acumulaban arrastrados por la enorme ventilación de la mar libre. Bajo la doble acción de las corrientes atmosféricas y marinas derivábamos, con velocidad cada vez mayor, y yo sentía como un estremecimiento del iceberg.
¿Acaso me encontraba bajo el imperio de una especie de alucinación-una de aquellas extrañas alucinaciones que habían debido turbar el alma de Arthur Pym? ¡Antojóseme que yo me hundía en su extraña personalidad!... ¡Creía ver al fin lo que él había visto! ¡Aquella espesa bruma era la cortina de vapores tendida sobre el horizonte ante sus ojos de loco!...Busqué allí aquellas luminosas líneas que rayaban el cielo de Levante a Poniente! ¡Busqué allí aquellas palpitaciones fotogénicas del espacio, al mismo tiempo que aquellas aguas alumbradas por las luces del fondo del Océano!¡Busqué la catarata enorme, rodando en silencio desde lo alto de algún inmenso murallón, perdido en las profundidades del cenit! ¡Busqué las vastas hendeduras, tras las que se agitaba un caos de imágenes flotantes e indistintas bajo los poderosos soplos del aire!...¡Busqué, en suma, el gigante blanco!... ¡El gigante del polo!
Al fin recobré la razón. La visión, llegaría hasta la extravagancia, se disipó poco a poco, y yo volví al campamento.