Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Por lo demás, habÃamos perdido toda esperanza de recoger a los sobrevivientes de la Jane; la tripulación no tenÃa más que un deseo: atravesar lo más rápidamente posible aquellas espantosas soledades. Hasta el polo nuestra derivación habÃa sido hacia el Sur; desde el polo hacia el Norte, y si persistÃa, tal vez serÃamos más favorecidos de algunas buenas probabilidades que compensarÃan las malas. En todo caso, para emplear una locución familiar, «no habÃa más que dejarse ir».
¿Qué importaba que aquellos mares, a los que nuestro iceberg se dirigÃa, no fuesen los del Atlántico meridional, sino los del Océano PacÃfico, ni que las tierras más próximas, en vez de las South-Orkneys, las Sandwich, las Falklands, las del cabo Horn o las Kerguelen, fueran las de Australia o las de la Nueva Zelanda?... ¡Por esto Hurliguerly tenÃa razón al decircon gran disgusto suyo-que no serÃa con el compañero Atkins, ni en la sala baja del Cormorán Verde, donde irÃa a echar el trago de ginebra!
-Después de todo, señor Jeorling-me repetÃa,-también hay excelentes posadas en Melbourne, en Hobart-Town y en Dunedin... Lo importante es llegar a buen puerto. No habiéndose levantado la bruma durante los dÃas 2, 3 y 4 de Febrero, hubiera sido difÃcil calcular el desplazamiento de nuestro iceberg desde que éste habÃa pasado el polo. Sin embargo, el capitán Len Guy y Jem West creÃan poder estimarle en doscientas cincuenta millas.