Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Efectivamente, la corriente no parecía haber disminuido en velocidad ni cambiado de dirección. No era dudoso que hubiéramos entrado en un brazo de mar entre las dos murallas de un continente, la una al Este y la otra al Oeste, que forman el vasto dominio de la Antártida. Así es que yo encontraba muy sensible no poder hallar tierra a uno u otro lado del estrecho, cuya superficie no tardaría en quedar solidificada por los rigores del invierno.

Cuando hablé de esto con el capitán Len Guy, éste me dio la única respuesta lógica:

-¡Qué quiere usted, señor Jeorling!... Nada podemos hacer. La persistencia de estas brumas es la mayor desgracia que desde hace algún tiempo tenemos... No sé dónde estamos. Es imposible tomar altura..., y esto cuando el sol va a desaparecer por largos meses...

-Vuelvo a mi idea-dije otra vez.¿No se podría con la canoa?...

-¡Ir a explorar!... ¿Lo piensa usted?... ¡Eso sería una imprudencia a la que yo no me comprometería, y que la tripulación no me dejaría cometer!...

Estuve a punto de gritarle:

-¿Y si William Guy y sus compatriotas se han refugiado en algún punto de esta tierra?


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