Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos ¡Que espantosos fríos íbamos a sufrir, más rigurosos que en otra cualquier parte del globo terrestre, envueltos en permanente noche de seis meses! ¡No se podía, sin espanto, pensar en la energía física y moral que sería precisa para resistir en aquellas condiciones tan fuera de la humana resistencia!
Y, sin embargo, al fin de cuenta, ¿era mejor la situación de los que nos habían abandonado? ¿Encontrarían la mar libre hasta el banco de hielo? ¿Conseguirían llegar al círculo antártico? Y más allá, ¿encontrarían los últimos barcos de pesca? ¿No les faltarían las provisiones en el curso de una travesía de un millar de millas? ¿Qué había podido llevar la canoa, ya muy cargada con el peso de trece hombres?
Sí... ¿Quiénes estaban más amenazados: ellos o nosotros?...
Sólo el porvenir podía responder a esta pregunta. Cuando la embarcación hubo desaparecido, el capitán Len Guy y sus compañeros, remontando la punta, volvieron hacia la caverna. Allí, envueltos en noche interminable, íbamos a pasar todo aquel tiempo, durante el cual nos estaría prohibido poner el pie fuera.
Ante todo pensé en Dirk Peters, al que habíamos dejado atrás después del disparo hecho por Hearne, mientras que nosotros nos apresurábamos a ganar la otra Punta.