Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos También ellos vieron desde allà el ataque a la Jane por unas 60 piraguas, la defensa de los seis hombres que quedaron a bordo, los pedreros vomitando balas y metralla, la invasión de la goleta por los salvajes, y, en fin, la explosión final, que produjo la muerte de un millar de indÃgenas, al mismo tiempo que la destrucción completa del navÃo. Too-Witt y los insulares quedaron al principio espantados de los efectos de aquella explosión, y quizá aun más, descorazonados. Los instintos de pillaje no podrÃan ser satisfechos, puesto que del casco, de la arboladura y del cargamento de la goleta no quedaban más que restos sin valor. Como debÃan suponer que la tripulación habÃa igualmente perecido en el hundimiento de la colina, no pensaban que algunos habÃan sobrevivido; de donde resultó que Arthur Pym y Dirk Peters, por una parte, y William Guy y los suyos por otra, pudieron, sin ser inquietados, permanecer en el fondo de los laberintos de Klock-Klock, donde se alimentaron de la carne de las garzas, de las que era fácil apoderarse con la mano, y de los frutos de los numerosos avellanos que llenaban los flancos de la colina. El fuego se lo procuraron frotando pedazos de madera tierna contra pedazos de madera dura, de lo que tenÃan abundancia en derredor.